Perfiles urbanos
Apasionado del básquet

Gustavo Chávez, entre el arbitraje y la enseñanza, treinta años en las canchas

El referí de básquet Gustavo Chávez sintetiza: "Me atrapó la profesión. Desde Resistencia, meterse en el engranaje nacional es durísimo".
Todo empezó por una curiosidad: vio un anuncio en un diario, avisó a su señora que iba a "ver de qué se trataba" y nunca más volvió a mirar el básquet desde la tribuna.
El presente de Chávez es un ir y venir entre estadios de elite y el trabajo silencioso de formar árbitros en Resistencia.
Imagen del episodio por el que tuvo que transitar en la temporada 2015 - 2016, cuando en un partido que Regatas Corrientes, el entrenador Nicolás Casalánguida fue descalificado.
Chávez imagina el futuro con escuela propia, puertas abiertas y calidad arbitral creciendo desde abajo, y con jóvenes que no entren a pitar para cobrar, sino para sentir.

Con más de tres décadas en las canchas, Gustavo Chávez dirige en la élite del básquet argentino y hoy forma a nuevos jueces en la Asociación de Básquet de Resistencia.

Habla de sus comienzos casi por curiosidad, el orgullo de llegar desde el interior a la Liga Nacional, la pelea cotidiana por la unidad de criterio, la irrupción de la tecnología y el desafío de recuperar la pasión arbitral en tiempos donde "primero aparece lo económico".

Chávez no llega a una cancha caminando. Llega cargando una historia. Más de 30 años poniendo el silbato donde hay que ponerlo y el cuerpo donde, muchas veces, nadie quiere estar. "Me atrapó la profesión", dice, y lo dice como quien habla de un amor que lo encontró sin buscarlo.

Todo empezó por una curiosidad casi doméstica. Vio un anuncio en un diario, avisó a su señora que iba a "ver de qué se trataba" y nunca más volvió a mirar el básquet desde la tribuna. Lo suyo no fue un golpe de suerte, fue un camino picando piedra desde el interior del país. "Desde Resistencia, meterse en el engranaje nacional es durísimo", reconoce. Sin embargo, llegó. Y sostiene que sólo no alcanza con llegar: hay que estar a la altura.

Hoy su presente es un ir y venir entre estadios de elite y el trabajo silencioso de formar árbitros en Resistencia. Su rol es doble: pitar arriba y enseñar abajo. "Queremos que los chicos entiendan la profesión desde la vocación, no solo como salida rápida para ganar plata", plantea sin rodeos. No suena a queja sino a advertencia cariñosa: si no hay piel, el silbato pesa y la cancha queda enorme.

Habla del oficio con crudeza, como quien sabe que en una noche buena nadie lo aplaude y que en un error mínimo todo se nota. Y es en ese punto donde baja la guardia y suelta un dato que pinta la exigencia: la Liga Nacional revisa jugada por jugada cada partido, y un mal desempeño se paga sin designación. "El error está, lo sabemos. La idea es que no tenga impacto en el juego ni en el resultado", aclara.

La falta de criterio y la tecnología

También reconoce un problema que todos murmuran y pocos dicen: la falta de unidad de criterio. "Hay que trabajar mucho en eso. La charla previa en el vestuario es clave", explica. Habla de scouting arbitral, de jugadores que se estudian, de cómo también el juez lee a quien le va a hablar en la cancha. No es capricho, es supervivencia deportiva.

Su defensa del uso tecnológico es clara. Donde algunos ven frialdad él ve justicia. "El IRS (el paralelo en el fútbol es el VAR) llegó para ayudar. Tiene protocolos y límites, pero da transparencia ", destaca. Lo cuenta con entusiasmo, como un entrenador que describe un refuerzo que vino a sumar.

Entre anécdotas de otras épocas, recuerda canchas bravas y líderes que hacían sentir la localía "más que la humedad del norte". Hoy ese folklore es menos salvaje. Las redes hacen que todo circule al instante y la conducta también se profesionaliza. "Antes te hacían sentir cada silbato. Ahora el contexto es otro ", asegura.

Lo único que no negocia es el respeto. Ni el que se le debe al árbitro ni el que él debe al juego. Él también ha decidido no saludar y también se fue sin un apretón de manos, como lo hizo su colega charatense Sebastián Vasallo en el último juego Hindú-Don Orione. No lo dramatiza. "Pasa. Somos humanos", dice. Suena a código viejo, sin drama ni épica: jugar limpio empieza por asumir que se falla.

En ese contexto, vale recordar un episodio por el que tuvo que transitar. Fue en la temporada 2015 - 2016, cuando en un partido que Regatas Corrientes no jugó bien ofensivamente ante Atenas, terminó perdiendo por 59 a 69. Allí, un final polémico por una falta cobrada por Chávez, luego no convalidada por Roberto Smith, terminó generando una protesta airada del entrenador Nicolás Casalánguida que finalmente fue descalificado.

“Yo no voy a hablar del árbitro. Es la primera vez que me expulsan en mi carrera y mi reacción fue desmedida, lo acepto, lo que tengo para decir se lo dije a Chávez en la cancha. Así que no hay más que decir, si de mi accionar que no fue el adecuado. Y a los árbitros tendrán que evaluarlos, los que tienen esa función, no yo”, había dicho en ese momento el entrenador del conjunto correntino, Nicolás Casalánguida. Y así como esa, muchas por los “gajes del oficio”.

Lo que viene

El futuro lo imagina con escuela propia, puertas abiertas y calidad arbitral creciendo desde abajo. Y con jóvenes que no entren a pitar para cobrar, sino para sentir. "Si no te enamora la profesión, no te va a sostener", dice. Y ahí se entiende todo.

Actualmente, la Escuela de Árbitros de Básquet se encuentra en un momento de recambio generacional, “tenemos una brecha importante de edad entre árbitros de mucha experiencia y los jóvenes que vienen detrás lo que implica una tarea muy difícil de formación y capacitación para poder hacer frente a la competencia local que tiene un nivel muy alto como es el torneo de la Asociación de Básquet de Resistencia (ABR)”, finalizó.

Chávez no busca ser protagonista. Sabe que el mejor árbitro es el que pasa desapercibido. Aunque, a veces, su historia reclama otra cosa. Porque algunos silencios también cuentan. Y cuando la pelota vuela y la tribuna se enciende, él sigue ahí, firme, recordando que el juego necesita reglas, pero también corazón y pasión.

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